Llevo algunos meses viviendo en casa de mi madre (el chiste de Seinfeld se cuenta solo: nunca puede ser una buena noticia lo que prosigue al enunciar “volví a vivir con mis padres”) , y entre tanto pasaba este largo invierno austral se me dió por ordenar papeles, libros, discos del pasado. No encontré mi copia de “Folklore”, mi disco favorito de Pez. Recuerdo haberlo comprado, con 15 años, ni bien salió a la venta. Ariel Minimal cumplía ,con aquel disco, una temporada de ensueño: con solo un año de distancia salían consecutivamente “Flopa-Manza-Minimal” (2003), “Un hombre solo no puede hacer nada” (2004), y el mencionado Folklore. El primer tercio del siglo parecía pertenecerle a sus canciones. Por la formaciones de estos discos iban pasando todo tipo de personajes que me parecían fascinantes: ex integrantes de la última formación de los Cadillacs, Lucas Marti, Lito Nebbia cantando un tema, los sintetizadores de Ernesto Romero, letras de Fabián Casas. Luego a Ariel le perdí el rastro. La siguiente etapa de Pez, vinculada al rock más masculino y visceral, me alejó del grupo.
Bueno, retomando el comienzo: no encontré mi copia de Folklore, pero sí la de «Convivencia Sagrada” (2001) , comprada también por aquellos años de fascinación por el grupo. Algunos otros CDs de aquellos años los tengo copiados en CD-R: la estrategia era recomendárselos fervientemente a mi tío Juan , ávido coleccionista de música, y luego copiarlos en la computadora. Así llegué también a tener una copia de “Toba Trance” (2003), aquel disco doble con el que Los Natas bajaban unas revoluciones y conquistaban a un público menos stoner.
Tuve en repeat un par de veces el CD de Convivencia Sagrada en paralelo a una invitación de unos amigos a asistir en Buenos Aires al FestiPez. La grilla me entusiasmó por su variedad, pero también por su espíritu conciliador, y por el intento , al invitarlo a Lito Nebbia a participar, de acercar generaciones. Me pareció impropio de una época de micro identidades, y prejuicios altamente amplificados. Y la noche verdaderamente fue genial: Nebbia, leyendo astutamente al público que le tocaría, desandó un repertorio setentista (y por momentos combativo) solo, con la guitarra, antes de pasarse al piano, para cerrar con una suerte de karaoke de “solo se trata de vivir”, una concesión al público tan inesperada como catártica.
Antes de eso, Sergio Rotman realizó, junto con su grupo, una suerte de trabajo de antropología del post punk porteño, con la licencia de una versión muy lograda del “no hay nada más triste que lo tuyo”, clásico del dúo catalán Hidrogenesse, insólitamente aún ignota por estas tierras.
Y por último, cerrando la jornada, Pez , que intenta ahora hacer revisionismo de su obra. Me entero allí mismo que por los 25 años de Convivencia Sagrada se estrenan unas copias en vinilo del disco, y lo invitan a Pablo Puntoriero (saxofonista alguna vez en la versión más lograda, heterogénea y menos demagógica de Los Fabulosos Cadillacs) a recrear temporalmente algo de ese Pez jazzero, tanguero, psicodélico y progresivo de aquellos años. Como me dijo un amigo anoche: “eran nuestros Mars Volta” .
Qué misterio para nosotros , rosarinos, el rock de Ciudad de Buenos Aires. Me gusta que Pez se auto identifique como “música de Buenos Aires”. Algo así decían de ellos mismos Los Auténticos Decadentes: “Hacemos folclore de Buenos Aires”. En Pez algo de eso hay: un ecosistema y cúmulo de referencias que son difíciles de concebir en otra parte del país. Al menos nos fuimos con el consuelo de que Nebbia, padre de todo, sigue siendo rosarino.








