Si se piensa en el contexto de la música alternativa que se produce en el idioma castellano, esa ambigua etiqueta denominada “música latina“ ha promovido algunos nuevos héroes y heroínas durante esta última temporada: la reluciente apuesta de Sony para reconquistar el territorio hispano parlante, por ejemplo: una catalana que fantasea con ser andaluza y juega a mezclar reggaeton y flamenco a base de autotune y nike air max. ¿O qué decir, sino, de la diva argentina criada en España que se muere por haber nacido en algún exótico país del Caribe? También nos podemos encontrar con la estrella anglo hija de colombianos que apuesta por un pop global de ritmos candentes latinoamericanizados, pero sin renunciar a su pasaporte yanqui. Y ni hablar de los reguetoneros bajados en revoluciones, reconvertidos momentáneamente en traperos para poder penetrar el sinuosos camino de la corrección política que impone el consumismo cultural de la clase medio aspiracional.
Por fuera de toda esa horda de impostores e impostoras, propensos al saqueo cultural que está tan en boga en la producción y promoción del arte en la actualidad (al que podríamos agregar, ¿por qué no?, al profeta del pop latino y cantante de protesta chileno radicado en la lujosa Los Angeles, California), este continente, este idioma, esa mixtura de ritmos y realidades tan disímiles que componen la música alternativa iberoamericana, ha otorgado durante el pasado 2018, en sus márgenes y no tanto, una notable cantidad de discos y canciones que ayudan a entender la idea de que la identidad de esta región del mundo es mucho más compleja que reducirla a sacarse una foto de prensa con un ananá en la cabeza. Algunos ejemplos:
En México obró una suerte de milagro contemporáneo con “Somos Uno“, el más reciente álbum de Centavrvs. El grupo ha intentado retomar esa idea con tan poco feedback en la actualidad pero muy rendidora en el pasado de hacer casi un trabajo de antropología musical para proyectar una obra propia. Si a Natalia Lafourcade la iniciativa la valió obtener varios Grammys, a los Centavrvs la cosa desde lo comercial no parece haberle salido tan redonda. De todos modos “Somos Uno” es posiblemente de lo más original y logrado que haya podido escucharse en el continente durante el año que recién termina: los clásicos ritmos mexicanos mixturados a la manera de un mash up, pero instrumentados con una noble elegancia, le abren camino a un repertorio de canciones que transitan por una lenta cadencia, a modo de un baile pausado pero continuo que invoca un pasado milenario para poner a andar a este grupo de buenas canciones. Centavrvs retoma con hidalguía esa misión de recuperación y reinvención de las raíces que el rock latino dejó en pausa hace tiempo atrás.
También en México, pero desde la ciudad de Monterrey, el dúo CLUBZ logró materializar un primer disco de larga duración después de 4 años de grandes videos, simples, EPs y remixes. “Destellos“ es un compendio fresco de tracks que podrían funcionar en cualquier FM del continente, y mejorarían sin dudas al dial: hits elegantes, gancheros, con alma melódica y perfectamente instrumentados hacen de “Destellos“ el manual que toda banda de pop aspiracional debería tener a mano si quiere incorporar un saxo a una canción pop y salir impune. Se destaca la impecable neo balada “Negano“, cantada y compuesta a dúo con la gran artista colombiana Ela Minus.
En Chile, ese país que tanto le ha dado al rock y pop alternativo de proyección latinoamericana en más de una década, se dio un curioso caso: sus tres “próceres“ contemporáneos (por así decirlo)“, Javiera Mena, Gepe y Alex Andwanter editaron nuevos discos durante el 2018. Sin embargo, y pese a lo que les pese a sus detractores, los galardones se los terminó llevando una vez más Cristobal Briceño. El líder del grupo Ases Falsos retomó para “Mala Fama“, cuarto y más reciente disco del grupo, su rol de gurú, productor, líder compositivo y espiritual. Grabado en un estudio sobre un lago de la Patagonia chilena, Mala Fama es, ante todo, una declaración de principios estéticos: un disco que parece abandonar toda expectativa que no sea propiamente la artística. El grupo se refugia en su paleta de reconocibles influencias para otorgar un álbum repleto de color, ritmo y exuberancia. Difícil es recordar un inicio de disco tan intenso como el que sucede en «Mala Fama»: “Así es como termina“, su track inicial, es una suerte de profecía acerca del calentamiento global que incluye una percusión cadenciosa sobre teclados atemporales, un piano salsero, solo de flauta traversa y hasta un momento de guitarra española a lo Gipsy Kings. Toda la carne al asador desde el minuto cero. Nada de timidez. Los Ases Falsos se muestra en este disco tal cual son. Tomarlos o dejarlos.
Oriundos de La Florida, una comuna en la periferia de Santiago de Chile, Niños del Cerro se alzó en el pasado 2018 como la banda que sobrevivió a una fértil pero rapidamente agotada micro escena organizada en pos de ciertas influencias del indie rock norteamericano que tuvo en el Sello Piloto una especie de espejo a lo generado en territorio argentino por el sello Laptra hace más de una década. Este tardío aglomerado de indie rock chileno periférico tenía en su premisa que las bandas se presenten en vivo en cualquier lugar (casas, terrazas, patios, la calle misma). Niños del Cerro logró combinar esa actitud DYS y los audios de guitarras norteamericanas con una impronta sudamericana bastante original. Luego de tocar en vivo sin parar durante 4 años su álbum debut “Nonato Coo”, en 2018 el grupo llegó a materializar un 2do álbum (“Lance”) con una madurez impropia del joven promedio de 23 años que tienen sus integrantes. Subidos al manto de una batería memorable que con furia y precisión marca las pautas de ritmos entre sincopados y andinos, NDC ofecee en “Lance” un trabajo conceptual indispensable para entender a una generación joven en cierto contexto sudamericano. Ansiedad, dolores de espalda y enfermedades de la edad se tornan el hilo que marca las pautas de este disco melancólico pero por momentos extrovertido. Ese contraste entre estados de ánimo tan propio del continente que también supieron explorar Mi Nave, con “Tristeza” (2016), y Las Ligas Menores, en “Fuego Artificial” (2018). Ideal para bailar llorando.
Por último, (last but not least) en el 2018 que pasó en la ciudad de Nueva York, un guitarrista del Perú exiliado en la gran metrópolis norteamericana dio a luz con su agrupación, La Mecánica Popular, a un recorrido apasionante por la salsa dura, la cumbia peruana y la psicodelia andina. Una homenaje a Fania Records, pero no a modo retrospectivo: armándose de estos géneros casi en desuso, Efraín Rozas y los suyos materializaron en “Roza Cruz” una suerte de nuevo folclore latinoamericano perfumado con el intenso poder de la nostalgia y el exilio. Añorar a la tierra dotándola de una música mágica que remite a mucho sin anclarse a nada. 6 tracks inspirados, dotados de talento, extroversión y mixtura. Un viaje instrumental imperdible. 40 minutos que no dan respiro hacen de Roza Cruz posiblemente el mejor disco de música latinoamericana editado durante 2018. Realizado, paradójicamente, por músicos que ya no viven en esta parte del continente.
En resumen:
“Somos Uno”, Centavrvs (Casete Agricultura Digital, México)
“Destellos”, CLUBZ (Buen Dia Records, México)
“Mala Fama”, Ases Falsos (Independiente, Chile)
“Lance”, Niños del Cerro (Quemasucabeza, Chile)
“Roza Cruz”, La Mecánica Popular (Names You Can Trust, NYC / Perú)